Con dolor, entre pitos (a Piqué, mezclados con palmas) y flautas (las de Cesc y Cazorla sonaron a gloria) y contra una selección de brocha gorda España ingresó en la Eurocopa de Francia. Los goles de Alcácer, delantero hecho para este equipo, aliviaron la consternación por las lesiones de Silva y Morata. A Luxemburgo no le libró de la paliza su dureza extrema.
Partidos así cuestionan la democrática costumbre de la UEFA de no
filtrar las fases de clasificación y obligar a los poderosos a jugar en
territorios inhóspitos y premiar a los débiles con exámenes ante los
mejores. Dijo Del Bosque en la víspera que Luxembugo, equipo de gama baja. llegaba con vocación de progreso y modernidad, pero en Las Gaunas compareció una selección que empleó desmedidamente la fuerza,
que jugó a menudo al otro lado de la ley y que le hizo antipático el
partido a España en el peor de los sentidos. A los cinco minutos Gerson nos arrebató la varita mágica
con un tornillazo destemplado que dobló irremediablemente el tobillo de
Silva. A la media hora sucumbió Morata, en un lance menos
malintencionado y ciertamente inútil. Le cayó encima Malget
en una jugada ya anulada por fuera de juego. Dos lesiones que dejaron
tan mal cuerpo como los pitos a Piqué. La música, de viento, se merendó a
la letra de apoyo que, con no demasiado ímpetu, pedía la indulgencia
para el azulgrana. La molesta costumbre fue otro elemento de distracción para un equipo que pestañeó con el buen juego.
Del Bosque dejó claro que Cazorla está por delante de Thiago en el escalafón y el asturiano puso empeño y buen sentido en ese papel de piloto que un día asumió Xavi y luego heredó Iniesta. Más sin Silva, el futbolista que debe conducir a España a su renacimiento.
Demasiados bruscos.
Así, sorteando patadas de los luxemburgueses, España racheó su fútbol
combinativo y en corto, casi siempre con desembocadura en el centro,
con largos periodos de ausencia. Le fue mejor por la derecha, con Juanfran, que por la izquierda, con Jordi Alba.
Bartra causó buena impresión, Cesc preparó los dos primeros goles y le
metió proteínas al ataque Pedro, que con España siempre anda en su mejor
versión. También Morata, en la media hora que duró, se
puso a la altura de esa España pequeña, revoltosa y mareante
ofreciéndose al espacio y como estación de paso, sin el egoísmo del
nueve. Le regaló una gran asistencia a Cazorla que acabó en el larguero
poco antes de que el asturiano abriese la puerta de la Eurocopa con un
gol cuidadosamente elaborado por Cesc, Juanfran y Pedro. A Luxemburgo le sobrevino el lumbago en cuanto le buscaron la espalda.
De ahí al final se jugó entre la conmoción por los caídos y el
relajado convencimiento de que Luxemburgo estaba liquidada con un gol.
Pero llegaron tres más. Alcácer no dejó pasar su ocasión en dos envíos dulces de Cesc y Jordi Alba
(este centró cuando el balón ya había sobrepasado la línea de fondo) y
firmó su sexto tanto en nueve partidos. El juego de La Roja le cae como
un guante. Y la desgracia de Morata y el malhumor de Diego Costa le
despejan el horizonte.as.com
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